La belleza de aprender

A estas alturas, y después de cerca de treinta años trabajando con grupos, podría afirmar que he tenido miles de alumnos. Eso quiere decir que de uno u otro modo el rol de profesor está muy arraigado en mi. Pero una de las cosas que nunca he querido perder de vista es la de tratar de mantenerme siempre vivo, lo que yo denomino «la mente del estudiante», es decir,la posibilidad de estar abierto al aprendizaje en cualquier circunstancia, en cualquier contexto y de cualquier persona.

Es por esa actitud por la que muchas veces he aprendido de mis maestros, otras veces de mis alumnos y en algunas ocasiones a partir de mi propia experiencia. Pero en estos días estoy experimentando un tipo especial de aprendizaje, el cual tiene para mi como padre un plus.

Me refiero a que, en esto de la informática y las redes sociales, mi hijo es el maestro y yo el aprendiz o alumno.  Esta tarde, mi hijo Army, me ha estado instruyendo en los entresijos de distintas plataformas y redes. Cuando he salido de casa lo he hecho con alegría, pues me he dado cuenta de que no sólo he aprendido muchas cosas útiles e interesantes, sino que además he sentido el placer y el orgullo de que fuese él mi maestro.

Convertir a un hijo en un maestro que nos supere es una de las metas que muchos padres hemos deseado. Hoy se ha cumplido en el ámbito informático. ¡Ojalá que pronto  su maestría se extienda a otras muchas facetas de la vida y pueda yo seguir siendo su alumno!

Maestros en fastidiarse

Maestros en fastidiarse
Maestros en fastidiarse
Hay maestros en el arte de fastidiarse ellos solos

Aunque no lo sepamos, cada uno de nosotros somos expertos en algo.

Los hay en todos los campos imaginables (deportes, cocina, ciencias, arte…), pero existe un tipo de maestría que sería mejor no tener, y es la que consiste en la de ser «maestro en crearse problemas», sin necesitar nada ni nadie para ello.

Conozco a unos cuantos expertos en eso. Más de lo que quisiera.

Pero lo habitual es que ellos mismos no conscientes de ello y desconozcan cuan hábiles son y qué alto nivel de destrezas han desarrollado para acrecentar su propio sufrimiento.

Tal vez no hayan aprendido que podrían hacer otra cosa mejor, en lugar de fastidiarse a sí mismos y, de paso, también a quienes le rodean.

Lo normal es que se pasen la vida quejándose de lo mal que les va, o de lo poco que los comprenden los demás, o de cualquier otra cosa. Pero difícilmente llegarán a realizar activamente los cambios que necesitarían para mejorar.

Como el proceso anterior suele ser no consciente, un consejo interesante para no caer en esta ciénaga mental sería el de asumir de una vez por todas que somos nosotros mismos los verdaderos responsables de la felicidad o del sufrimiento de nuestra vida.

Y aunque resulte más cómodo echarle la culpa de nuestros males a los demás, no imaginamos lo dañino que resulta eso y, por el contrario, lo liberador que llega a ser el hecho de saberse responsables de nuestro propio destino.

Decidir se parece a cocinar

aprender a elegir
En ocasiones nos bloqueamos intentando que nuestra elección sea acertada

Conozco pocos planteamientos tan paralizantes como el que he escuchado de algunos de mis pacientes y alumnos cuando, a propósito de una decisión que deberían tomar se suelen preguntar ¿cómo sé que no me equivoco?

La respuesta que les doy suele ser descorazonadora para ellos, porque les digo que nunca tendrán la plena seguridad de acertar, porque ni conocen todos los elementos que necesitarán, ni tampoco pueden controlar todas las variables que intervienen en cada evento.Seguir leyendo