Dos estilos de alimentación: Fast-food vs Slow-food | Centro Medicina Integral
    • 05 NOV 12
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    Dos estilos de alimentación: Fast-food vs Slow-food

    Por Dª Gracia María Casado, Nutricionista, colaboradora del C.M.I. Dr. Nougués.

    Cuando escuchamos hablar de ambos términos, nos cuesta reconocer que quizás nos encontramos más en el estilo fast-food que en el de slow-food o en el de dieta sana y equilibrada. Aseguramos probarla “de vez en cuando, pero… no siempre ni mucho menos”;  sin embargo no olvidemos que la comida rápida no sólo se sirve y prepara de un modo rápido para su consumo inmediato en establecimientos especializados o a pie de calle, si no que perfectamente en la casa, podemos prepararla con tan solo freír la hamburguesa o los nuggets que se compraron congelados.

    Si hacemos una revisión histórica, esta corriente del “Fast-food”, entendiéndola como el estilo de alimentación en el cual los alimentos se preparan y sirven para consumir rápidamente en establecimientos de la calle, ya se daba en la antigüedad (Roma), cuando se servían en ella panes y otros productos. En cambio, tanto las costumbres como el ritmo de vida que se impone cada día más, dista mucho del de antaño y más aún el tipo y la calidad de los alimentos ofertados. Tanto es así que a  comienzos del siglo XXI han aparecido, viendo la transcendencia y repercusiones que conlleva esta forma de alimentarse, ciertas corrientes contrarias a la comida rápida. Destacan por ejemplo algunas como el movimiento Slow Food (nacido en 1984) cuyo objetivo es luchar en contra de los hábitos que ésta introduciendo en nuestras vidas;  aparecen documentales en los medios denunciando la situación como la película-documental más relacionada con la hamburguesa (Super Size Me) etc. Parece que finalmente una mayoría importante de la población es consciente de los perjuicios que acarrea y, es tal el aumento y presión social que se está produciendo, que algunas cadenas de restaurantes de comida rápida anunciaron la inclusión de información nutriocional en el empaquetamiento de todos sus productos, así como alternativas saludables en sus menús. Pero sigue escaseando la sensatez ciudadana y culpamos a la comida por nuestro estado de salud, aún cuando nuestras elecciones se mantienen iguales.[]

    La comida rápida se hace a menudo con ingredientes de calidad cuestionable y que para alcanzar un cierto sabor o consistencia y preservar la frescura, requieren un alto grado de ingeniería del alimento (añadidos y técnicas de proceso que acaban alterándolo substancialmente respecto a su forma original y, reduciendo su valor alimenticio), de ahí que sea calificada como comida basura o comida chatarra.

    Por citar algunos ejemplos de platos de este tipo destacan: pizza, tacos, las famosas hamburguesas y perritos calientes, nuggets, shawarma, sandwich, nachos, …., si bien dichos se pueden clasificar en dos grupos: los de influencia y características anglosajonas  (hamburguesas, salchichas y patatas fritas acompañadas de salsas diversas (mayonesa, mostaza, ketchup…), y los de procedencia mediterránea (pizzas, bocadillos, tapas y kebabs), en este último caso por sus características nutricionales, quizás más saludables que los primeros.

    Pero tampoco olvidemos los procedentes de otros países e igualmente demandados hoy por hoy; hablamos de la  comida china, burritos mexicanos… Como podéis comprobar la gran heterogeneidad existente, dificulta la determinación de un valor nutritivo representativo para todos ellos, en cambio todos tienen un aspecto común: la elevada densidad energética debido a su alto contenido en grasa (en especial grasa saturada/trans), colesterol e hidratos de carbono (pan, pan de pita, base de pizza, tortitas…). Y si bien es cierto que aportan proteínas de calidad (huevos, carnes, pescados, quesos…), se quedan cortos de fibra, vitaminas y minerales, excepto en sodio (sal). Además no olvidemos que el número de calorías aumenta, y mucho, si se acompañan de patatas fritas, bollería y refresco o bebida alcohólica, como es lo habitual.

    Este patrón ya no solo se identifica con la población adolescente, sino que son cada vez más las familias que como cenas, en fines de semana, almuerzos… optan por este tipo de alimentos, imponiéndose como patrón alimenticio de actuales y futuras generaciones y aún peor, como un hábito que está sustituyendo a alimentos básicos que deben estar presentes en la alimentación diaria de cualquier sujeto.

    La comida rápida ha captado, aunque nos pese, nuestros paladares, y a pesar de su “mala fama nutricional” todos hemos sucumbido a ella, en alguna ocasión. Las consecuencias de los cambios en los hábitos alimentarios se dejan notar y se hacen palpables, pero ¿qué estamos haciendo para cambiar? Ya no solo hablamos de la ganancia de peso por sobrealimentación (exceso calórico), sino de la aparición de deficiencias de numerosos nutrientes, aparición de enfermedades asociadas, y que ponen en riesgo la salud del individuo (colesterol, hipertensión, cáncer, estreñimiento, caries…) y otros efectos de los que, en la mayoría de los casos no somos conscientes:

    –      alteraciones en el gusto, por la gran cantidad de sodio, conservantes y potenciadores del sabor, que además generan un aumento del apetito en el consumidor.

    –      cambios bioquímicos a nivel cerebral que causan adicción y “enganche”, como en el caso de las drogas, debido al alto contenido en azúcares y grasas.

    –      digestiones pesadas y lentas, pues suelen prepararse en forma de frituras, rebozados, empanados…usando principalmente aceites de canola, coco y palma entre otros, que además suelen ser re-utilizados..

    Ante esta realidad y para contrarrestar la Fast-food y la Fast life, en los últimos tiempos cada vez se escucha más el movimiento slow-food, alimentación ecológica y natural,  importancia de la dieta Mediterránea… con objeto de impedir la desaparición de las tradiciones gastronómicas locales y combatir la falta de interés general por la nutrición, por los orígenes, por los sabores y por las consecuencias de nuestras elecciones alimentarias.

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